Por qué la dignidad

Por Macarena Orchard[1]

El malestar siempre encuentra sus lenguajes para ser expresado. Si uno mira lo que actualmente está pasando en Chile, hay muchos términos circulando: abuso, injusticia, desigualdad, ilegitimidad. Pero hay un término que se repite permanentemente y que opera como horizonte normativo de la protesta o como meta deseada y creo vale la pena interrogarlo: me refiero a la noción de “dignidad”.

Uno de tantos buenos carteles que portaba un manifestante estos días rezaba: ‘No es sólo el metro, es la dignidad de una sociedad’. Esto no es casual. Creo que reflexionar sobre este concepto puede darnos luces para entender qué esta en juego en este ciclo de protestas que estamos viviendo en Chile.

La dignidad es un término poderoso, pero a veces pasa desapercibido en los análisis. Hace muchos años Kant planteó que la dignidad era aquel ‘valor intrínseco’ de los seres humanos, que los vuelve merecedores de respeto. En tanto seres racionales, los hombres tenían un valor intrínseco: su dignidad. Y esto, de paso, los volvía iguales, pues todos los seres humanos eran iguales en virtud de su valor intrínseco.

Este planteamiento kantiano da el paso a una nueva idea de igualdad, desconocida para el pensamiento premoderno: la igualdad de valor de todos los seres humanos. Que esto pasara en la modernidad no es fortuito, pues como muchos autores han señalado, durante la modernidad la desigualdad se desnaturaliza, vale decir, deja de ser concebida como un hecho natural que se explica por designios divinos.

La dignidad alude entonces a ese valor intrínseco que nos vuelve iguales. Por eso se dice que la noción de dignidad kantiana está en el corazón de la Declaración Mundial de Derechos Humanos. Dicha declaración plantea precisamente que existen derechos inalienables al hombre en virtud de su humanidad, vale decir, que hay ciertas cosas que todos y todas merecemos en función de la humanidad compartida.

Sin duda ha pasado mucha agua bajo el puente después de aquello que dijera Kant, y hay muchas luchas históricas que distintos grupos y actores sociales han debido dar para hacer valer su dignidad.

Pero si hay algo común a estas luchas históricas, es que cuando el término dignidad se invoca, usualmente lo que se invoca es un reclamo de igualdad mínima, asociado a luchar por aquello que se merece en función de la humanidad común; es decir, aquello que se merece en función de lo que nos vuelve iguales.

Ciertamente, el concepto de dignidad también se ha invocado para defender el valor de lo que nos vuelve diferentes, lo que cobra cada vez mayor sentido en sociedades crecientemente complejas en que distintos grupos y actores defienden el valor de su identidad particular. Aun así, el trasfondo de la noción de dignidad apunta a defender aquello que se merece en función del ‘valor’ intrínseco que se cree poseer.

Aunque este significado de la dignidad es relativamente constante, su contenido operacional, por decirlo de algún modo, cambia históricamente. Cada comunidad o sociedad debe decidir qué define una ‘vida digna’, es decir, qué es aquello mínimo que se merece en función de lo que nos vuelve iguales.

Hace tiempo en Chile distintas investigaciones de las ciencias sociales venían dando cuenta de que la conversación sobre desigualdad moviliza el término respeto y dignidad. Mirado en retrospectiva, esta era una señal importante de la magnitud del descontento que se venía incubando en la ciudadanía.

Si el contenido de la dignidad se moviliza es porque la vida cotidiana ha dejado de estar a la altura de lo mínimo que se cree merecer en función de la humanidad compartida; lo que en este contexto apunta, además, a que la vida cotidiana de muchos y muchas ya no estaba a la altura de lo que legítimamente sentían merecer en función de su pertenencia a la comunidad política.

Desde esta perspectiva, tiene mucho sentido que el sueldo mínimo o la pensión básica solidaria sean algunos de los símbolos del problema, pues ambos buscan establecer cuál es el piso económico mínimo que permite optar a una vida ‘digna’, es decir, a la calidad de vida mínima que todos deberíamos merecer por ser iguales en virtud de nuestro valor intrínseco y nuestra pertenencia a esta comunidad política. Pero también es decidor que el problema no se agote allí.

Las élites chilenas han sido lentas en comprender que toda sociedad debe permanentemente renegociar el contenido operacional de la dignidad. Y también han sido lentas en comprender que la dignidad no sólo se operacionaliza en términos económicos. No basta con renegociar aumentos marginales al sueldo mínimo o aumentos marginales a la pensión solidaria; también hay que renegociar cuál es el trato mínimo, la salud mínima, la educación mínima, la justicia mínima o la vivienda mínima que permite garantizar que todos los miembros de la sociedad chilena vivan una vida digna, es decir, una vida en que su valor intrínseco, independiente de su condición económica, social o sexual, sea reconocido.

Desde esta perspectiva, parte de lo que ocurre en Chile puede entenderse como una revolución de la dignidad, o como una renegociación de los términos que definen la vida digna que todas y todos merecemos. Quizás lo que se cree merecer en función de lo que nos vuelve iguales está cambiando, o quizás la ‘vida digna’ a la que muchos pueden optar en Chile nunca ha estado a la altura de lo que merecen.

Establecer esto es parte del debate, pero sea como sea, la sociedad chilena hace tiempo que viene demostrando que el modelo de ‘vida digna’ al que han apostado las políticas neoliberales no da para más. ¿Cómo explicar, si no, la transversalidad y masividad de la protesta?, ¿qué hay más transversal que la dignidad?

En este sentido, las denuncias de violaciones a los derechos humanos en el marco de la protesta son la peor noticia. Al militarizar el conflicto el gobierno jugó con fuego y se quemó, pues en la violación a los derechos humanos hay una renuncia tajante a reconocer la dignidad del otro. Es el opuesto directo a lo que está en juego.

Por eso también la idea del nuevo pacto social cobra fuerza, y por eso se requieren, sin duda, cambios estructurales para destrabar el conflicto. Se equivoca Cecilia Morel al plantear que la elite sólo tiene que ceder privilegios y ‘compartir’ con los demás. Este no es un problema de chorreo, refiere a renegociar qué es aquello que merecemos en tanto iguales, por ser humanos y por ser parte de la comunidad. Esto obliga a redefinir deberes y derechos, lo que claramente apunta a una nueva Constitución. Pero el desafío es mayor, pues esto no sólo refiere a derechos estrictamente traducibles en el plano legal:  cómo nos miramos, cómo nos tratamos, también es parte del problema. En el fondo, el nuevo pacto implica repensar el lazo social, definir un nuevo modo de vivir en que todos y todas vean corroborado su valor intrínseco en el marco de sus vidas cotidianas. No es una tarea sencilla, ni rápida, pero no hay más opción que enfrentarla. Esto llegó para quedarse.

 [1] Macarena Orchard es Doctora en Sociología por la Universidad de Nottingham. Docente de la Universidad Diego Portales y colaboradora del Núcleo Milenio de Autoridad y Asimetrías de Poder. 

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[1] Doctora en Sociología por la Universidad de Nottingham. Docente de la Universidad Diego Portales y colaboradora del Núcleo Milenio de Autoridad y Asimetrías de Poder.

1 comentario

  1. Jorge A. Zwingel

    Quisiera que muchas personas pudieran leer esto. Al fin. el problema de todos nosotros los chilenos explicado de forma entendible. La solución no será fácil (Nueva Constitución) También, la manera de protestas debe ser pacifica no con esta violencia que nos afecta a todos y que parece ser guiada fría y despiadadamente sin cabeza visible hasta ahora.
    Gracias Macarena por tu visión tan clara.
    Abrazos

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