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“Contra la Escuela”: Investigador doctoral de Núcleo Milenio Autoridad y Asimetrías de Poder, publica libro sobre autoridad en el escenario educativo

El punto de partida de este libro, publicado por LOM ediciones, fue la tesis de magíster del autor,  Pablo Neut Aguayo, con la dirección de la directora del Centro Núcleo Milenio Autoridad y Asimetrías de Poder, Kathya Araujo.

“Antes de irme a estudiar el doctorado a Barcelona, siempre hice clases en colegios y allí, en el ejercicio cotidiano, se podía percibir cómo los temas disciplinarios, actitudinales y relaciones generaban fuertes tensiones en el ejercicio de la labor docente y, más particularmente, que había estudiantes y profesores que vivían violencias que escapaban o no se reducían al denominado fenómeno del bullying”, comienza explicando Pablo Neut, investigador doctoral de este Núcleo Milenio, sobre las motivaciones para escribir el libro “Contra la Escuela: Autoridad, democratización y violencias en el escenario educativo chileno”.

Con estas inquietudes, Pablo Neut comienza el trabajo de investigación verificando que existía cierto déficit en el estudio sobre las violencias escolares, particularmente en el contexto chileno. En efecto, prosigue el autor, tras la revisión de la literatura se pudo constatar que la gran mayoría de los estudios disponibles se referían precisamente al tema del bullying. Este por tanto, hegemonizaba la discusión en torno a la violencia escolar.

De acuerdo a Neut, esta omisión de las “otras violencias” escolares operaba a espaldas de los datos arrojados por diversas instancias, como las “Encuestas de violencia en el ámbito escolar” desarrolladas por el Ministerio de Educación los años 2005, 2007 y 2009. “Ahí se demostraba que había una proyección estadísticamente significativa de casos relacionados con violencia a profesores. Es decir, había una evidencia empírica sobre un tipo de violencia que estaba siendo completamente invisibilizada, tanto en la investigación como en la discusión pública sobre la educación. Particularmente se refrendaba la presencia de la violencia antiescuela, que es el objeto de estudio central de esta publicación.”, dice.

¿Qué relevancia tiene la temática del libro para el país?

Yo creo que el tema de la conflictividad entre los distintos estamentos escolares es una problemática que ha adquirido una progresiva relevancia porque lo que revela o expresa es un problema mayor de la sociedad chilena: el cómo se vehiculizan y articulan las demandas progresivas de democratización y horizontalidad en las relaciones sociales y escolares con la necesidad de reconocer o erigir relaciones de autoridad y de mando, entendiendo que estas constituyen un soporte ineludible de la relación pedagógica en particular y de las interacciones sociales en general.

En este sentido, el tema de la violencia contra la autoridad pedagógica deja vislumbrar la efectividad o no de este proceso de democratización y sus modos concretos de aplicación.

¿Por qué deberíamos visibilizar esta problemática?

Actualmente, al hablar de violencia de los estudiantes contra la institución escolar o sus autoridades, el caso del Instituto Nacional aparece como el más evidente o característico, en el sentido de que es una violencia “desbordada”, “aguda” o estridente. Sin embargo, en el libro el foco está puesto en lo que denominamos la “guerrilla pedagógica”. Esta, antes que en las expresiones agudas de violencia, se soporta y manifiesta en las interacciones cotidianas entre los actores escolares. Por ello está orientada a la “minucia”, es decir, a la lógica del desgaste del “otro” institucional a partir de pequeños -pero persistentes- eventos de violencia. En este sentido la “guerrilla pedagógica” representa una pugna latente que, en el largo plazo, puede generar expresiones de violencia aguda. Así, la carga o el signo de esta violencia tiene que ver con la lógica interactiva y cotidiana, más que con la lógica de la excepcionalidad y el desborde de una violencia pública y espectacular.

Es precisamente por su carácter cotidiano y persistente que este tipo de conflictividad y violencia se instala progresivamente como una preocupación de primer orden para el ejercicio docente y como uno de los aspectos constitutivos de las relaciones escolares en la actualidad. De allí la importancia de visibilizar esta problemática.

¿Puedes explicar con más detalle esta problemática?

Una de las ideas fuerza del libro es que existe una reformulación tanto de las fuentes de legitimidad y de las condiciones de producción de la autoridad pedagógica, como de los escenarios de ejercicio de mando y de obediencia estudiantil. En términos generales, se pasa de una autoridad institucional, legitimada en el rol docente y su estatuto, a una autoridad que se sostiene en las agencias individuales y en las interacciones concretas que se desarrollan entre profesores y estudiantes.

En este sentido, la obediencia deja de ser un prerrequisito de la relación pedagógica -que anteriormente se encontraba resguardada o asegurada de manera previa al encuentro alumno-profesor- y se instala como un resultado siempre contingente que descansa en la capacidad relacional del docente.     

¿Cómo actúan estudiantes y profesores ante estas transformaciones?

Esa transformación es leída de distintas maneras por los dos polos de la relación de autoridad, que son los estudiantes y los profesores.

Para los profesores, el hecho de que la autoridad se sustente en su capacidad personal e interactiva, es algo que en muchos casos acentúa la sensación de agobio laboral. En términos normativos, generalmente adhieren a la imagen de una autoridad pedagógica institucional, legitimada por el rol y soportada en el conocimiento.

Por lo mismo, consideran que la obediencia debería ser un requisito asegurado previamente a su interacción concreta con los estudiantes.

En este sentido, la transformación aludida, en la medida que desmiente o esteriliza esta concepción normativa, supone un nuevo trabajo para el profesor: el de generar las condiciones de su propia autoridad y de la obediencia estudiantil. Por ello las cuestiones disciplinares o actitudinales tienden a ganar importancia para el ejercicio profesional y suman una nueva “preocupación” que alimenta la sensación de agobio.

En el fondo, el paso de una autoridad institucional a una autoridad fundada en la contingencia de la relación profesor-estudiante supone, a nivel fáctico, nuevas responsabilidades para los profesores y, a nivel normativo, un desconocimiento de lo que estos consideran como el ideal de autoridad (aquella legitimada en el rol).  

Por esta razón las indisciplinas o la desobediencia son leídas, antes que como una dificultad relacional, como un atentado o una transgresión contra la investidura o el estatuto docente.   

Para los alumnos, por otro lado, esta forma interactiva, fáctica  y relacional de construcción de la autoridad es percibida como lo normal.

En este sentido, la cuestión normativa se pone en otro lugar, el de los derechos. En efecto, su lectura de las relaciones de autoridad se soporta en una autoconcepción como sujetos de derecho. Por lo mismo la obediencia no es un prerrequisito de la interacción pedagógica ni se soporta inmediatamente en la subordinación a un rol.

Es en este escenario que determinadas acciones docentes que anteriormente podían ser consideradas como “formativas”, hoy son percibidas por los estudiantes como lesivas de sus derechos. Es por eso que cuando el profesor trata de fundar la autoridad en su rol de docente, muchas veces es evaluado por los estudiantes como una forma de imposición jerárquica o como una expresión de autoritarismo.

Como consecuencia de esta experiencia de transgresión al estatuto docente señalada por los profesores y esta exposición a la vulneración de los derechos -derivada de un ejercicio autoritario del mando- que denuncian los estudiantes surge la “guerrilla pedagógica”.

La problemática del respeto: ser respetado o hacerse respetar

¿Pero existe una salida que no implique conflicto? Claro, dice el investigador. Esta se da cuando se acepta la facticidad de la relación como soporte de construcción de la autoridad pedagógica. En este caso, en vez de buscar ideales o normas externas que funden la autoridad, los actores involucrados pueden negociar o co-construir determinadas legitimidades que habilitan un ejercicio de mando reconocido y una obediencia consentida.

“El reconocimiento del carácter contingente, fáctico y relacional de la autoridad pedagógica habilita nuevas formas para su construcción, ahora centradas en la emergencia de una legitimidad compartida. En este sentido, los estudiantes reconocen a autoridades legítimas –rechazando por tanto aquella imagen de una genérica crisis de autoridad que emerge de determinados discursos conservadores- e incluso exigen su presencia”, explica Neut.

¿Cómo exigen la presencia de autoridad?

Y lo hacen desde su perspectiva como sujetos de derecho. Por ello, cuando los estudiantes hablan de autoridad, no utilizan términos como legitimidad, dominación, poder u otro. Lo que está en juego en sus palabras es el concepto y el problema del respeto. Este, entendido como un derecho en tanto reconocimiento de la dignidad personal, es lo que vehiculiza su forma de comprender la autoridad.

Al respecto, los estudiantes reconocen la legitimidad de aquellos profesores que se “ganan el respeto”, particularmente a partir de la generación de un vínculo afectivo estudiante-profesor. Tal es el discurso predominante que identificamos en los estudiantes. También reconocen legitimidades asociadas al ejercicio de los que dominan la “vocación docente”, entendida como la materialización, ya no solo de la enseñanza como aspecto formal, sino  del logro de un verdadero aprendizaje significativo.

El profesor que se preocupa de estar actualizado, que prepara sus clases, que trata de buscar nuevos métodos para que todos los estudiantes aprendan, ese profesor es reconocido por los alumnos como aquel que cumple su vocación docente.

Ahora bien, existen otros procedimientos (como la gestión unilateral de la interacción, la amenaza de sanciones, etc.) que permiten igualmente la obediencia estudiantil pero que no fundan una legitimidad.

En este caso, siguiendo la expresión de los estudiantes, en vez de “ganarse el respeto” el profesor lo que hace es “hacerse respetar”.

Estos procedimientos generan una obediencia eficiente pero que, como señala  Kathya Araujo en su libro “El miedo a los subordinados”, es una “obediencia no conciliada”, es decir, que no se soporta en un expediente ideal reconocido por ambos polos de la relación de autoridad.

En este sentido el “ganarse el respeto” genera una relación permanente de autoridad y un tipo de obediencia que es más previsible, estable y armónica, mientras el “hacerse respetar” genera un hecho específico de autoridad y funda un tipo de obediencia episódica y puntual, que es eficiente pero que al mismo tiempo es impugnado por los estudiantes. 

Así, en síntesis, “ganarse el respeto” y “hacerse respetar” son las dos fórmulas que permiten construir una relación de autoridad en la escuela a partir de la facticidad relacional que se desarrolla entre estudiantes y profesores.  

Para terminar ¿A quiénes está dirigido este libro?

Creo que puede ser leído desde diferentes dimensiones y por distintos actores. En primer lugar, es un libro que puede estimular procesos de reflexión y socialización de experiencias dentro del profesorado. En muchos sentidos, las formas del ejercicio docente es autorreferido, individual, poco articulado con los demás actores educativos.

En la imagen tradicional, el profesor trabaja solo con sus estudiantes y no comparte de manera sistemática sus problemas, desafíos y aflicciones con sus colegas, generando una sensación de responsabilidad individual frente a las dificultades que enfrenta. Sin embargo, muchos de los problemas que son vividos como dificultades personales por parte del profesor, representan en realidad tramas sociales que pueden ser vehiculizadas y trabajadas colectivamente.

Este es el caso de las relaciones de autoridad pedagógica y de la violencia antiescuela. El libro en este sentido se hace cargo de una realidad que es más generalizada de lo que parece y que puede ser asumida como un problema general de la comunidad educativa y no solo como un problema personal de los profesores.

En segundo lugar, está destinado para la comunidad académica, que en alguna medida es la responsable de que este tipo de fenómenos esté invisibilizado. En efecto, al concentrar y hegemonizar la discusión en torno al tema del bullying –que por supuesto es de una gran relevancia-, se omiten otras violencias igualmente presentes, como la que ejerce la escuela contra los estudiantes y la que estos ejecutan contra la autoridades pedagógicas.

En este sentido el estudio permite ampliar el espectro de lo que se ha venido trabajando bajo el rótulo de la “violencia escolar”.

Finalmente, considero fundamental que este tipo de investigaciones sea utilizado como insumo para la generación de las políticas públicas. En este caso específico porque es una problemática que aqueja cada vez más la labor docente, impugna los valores democráticos que dichas políticas enarbolan e interpela el espíritu propiamente educativo de la comunidad escolar. Cuestión más apremiante aún considerando que, de acuerdo a los mismos registros públicos, la violencia antiescuela se encuentra presente en la realidad educativa nacional.